Por: Andrés Felipe Echeverri Arias

Estos días vertiginosos de Covid-19 han revelado imágenes devastadoras que de otra manera no habrían estado en la palestra. Entre ellas, salta a la vista la tensión por la que atraviesa el mundo entero y cuya puesta en escena es el ámbito local: el hambre, la necesidad de trabajar para garantizar el sustento diario, el aumento de las cifras de propagación y la débil respuesta estatal, que parecen no encontrar soluciones a corto plazo.

Los llamados ‘trapos rojos’ ejemplifican una de esas imágenes cubriendo puertas, ventanas y barrios populares de la capital. Un grito simbólico que clama solidaridad y exige pasar la página de la desigualdad, una ‘pandemia’ que por décadas se ha instalado en las calles en memoria de un sector de la sociedad que paradójicamente se visibiliza con la llegada de otros flagelos que aquejan la humanidad, como el nuevo coronavirus.

No sorprende que esta situación ocurra en el país de “la Colombia profunda”, calificativo con el que Humberto de La Calle describiera esas zonas de la geografía nacional, que por su distancia, abandono, violencia y desprotección del Estado, soportan toda suerte de infortunios, que solo hasta ahora vinieron a reconocerse en la ciudad.

“Entre cielo y tierra no hay ningún secreto” reza el adagio popular. La precariedad y desigualdad que campea con señorío en esas latitudes, no estaba en nuestras cuentas. Tampoco somos conscientes o se nos había olvidado, que la indiferencia que padecen quienes sobreviven en esas remotas coordenadas, está ahora frente a nuestras narices y cambiará sin clemencia la vida del vendedor del primer tinto de la mañana; del que ofrece chicles en la informalidad. La versión citadina del hambre se hace palpable y afecta por igual a aquellas personas que -en pleno siglo XXI- no figuran en las prioridades de las políticas públicas. Lo sucedido en nuestra urbe, demuestra que una pandemia se sobrepone a la otra y diagnostica una preocupante ‘normalización’ de las carencias y desigualdades.

 

Justo es decir que esta situación se ha profundizado. Que las capacidades de los sistemas de emergencia social, sanitaria, y prevención y atención de la coyuntura, han sido desbordadas. Y no podemos mentirnos: la virulencia y el paso de los días terminarán inmovilizando esta deuda social, trasladándola al cajón de la “normalidad”, el mismo en que desde hace tiempo estaba archivada la desigualdad.

Es el tiempo de reflexionar y hacer visible lo que la ‘normalidad’ ocultaba. Los llamados de auxilio de los ‘trapos rojos’ pueden ser el punto de inflexión para inspirar acciones

colectivas e individuales, en la construcción de un discurso social que mitigue la desigualdad que enfrentamos. Tal como lo indica el escritor alemán Eckarth Tolle: “si las estructuras de la mente humana se mantienen sin cambios, siempre vamos a terminar volviendo a crear el mismo mundo, los mismos males, las mismas disfunciones”.

Pero en la desigualdad no hay pueblo asintomático. Es un llamado a todas y todos para unirnos como sociedad, para repensar y descubrir la mejor versión del Estado Social de Derecho, con las dósis de resiliencia y empatía necesarias para superar esta crisis.

Sin duda, la crisis demanda atención y adaptabilidad de los gobiernos y ciudadanos. Es hora de pensar en lo que se debe mejorar. En políticas que proporcionen el tejido social que cierre definitivamente la brecha de la desigualdad. Propuestas inclusivas que consulten la diversidad de realidades de la sociedad, en especial las que permanecen ocultas bajo el manto de la ‘normalidad’ y que en buena hora salieron a la luz, gracias al grito silencioso de los ‘trapos rojos’. A ver si por fin escuchamos.

*Miembro Dirección Participación para la Gobernabilidad

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