Por: Camila Molinos I.

El hambre, la falta de una vivienda digna, vivir con el diario (cuando alcanza) entre otras características de la pobreza, no llegaron a Colombia con el Covid-19. Lo que sí logró hacer esta pandemia es hacerlas más visibles y despertar en muchos colombianos ganas de ayudar.

Un día, mientras paseaba a mi mascota, pasaron por el parque tres hombres gritando que necesitaban ayuda: tenían hambre y familias que alimentar. Mientras yo intentaba entender lo que gritaban los tres a destiempo y con diferentes palabras, mis vecinos no dudaron un segundo y empezaron a sacar por sus ventanas arroz, lentejas, avena y otros productos. En ese momento se me arrugó el estomago de pensar en cuánta gente estará en estas circunstancias o en peores, y al mismo tiempo se me infló el corazón al ver la velocidad y la generosidad con la que mis vecinos reaccionaron.

Desde ese momento revolotean en mi mente dos preocupaciones que son las que me animan hoy a escribir este artículo. La primera es cómo lograr que todo el que quiera ayudar pueda hacerlo y se sienta conforme con el destino de su contribución. Me explico: no es lo mismo donar directamente al beneficiario, como lo hicieron mis vecinos en el parque, que donar a un intermediario, la voluntad puede desgastarse cuando no se ven los beneficios o cuando se cuestiona el manejo de las donaciones. Este último, creo, es uno de los principales retos a los que se enfrentarán particularmente el Gobierno Nacional y los gobiernos locales durante las próximas semanas, cuando los donantes comiencen a exigir algún tipo de rendición de cuentas.

Mi segunda preocupación está en cómo llevar las ayudas a todos los lugares donde se necesitan y por el tiempo en el que se necesiten. Por un lado, es muy probable que esta situación no se resuelva en cuestión de semanas y que cuando se resuelva, su rezago y consecuencias las sintamos por meses. Por otro lado, es posible que todas las personas que necesiten apoyo no se encuentren registradas o identificadas aún, como también es posible que las ayudas estén concentradas en unas zonas del país y de las ciudades, descuidando áreas rurales que también necesitan atención.

Frente a estas preocupaciones creo que la tecnología puede ser de gran utilidad. Soñando en grande, podría pensarse en diseñar una aplicación para dispositivos móviles que centralice las ofertas, las demandas y los resultados. Esta aplicación podría permitir, en primer lugar, a las fundaciones y organizaciones privadas y a las entidades del Estado registrar la información de cómo se pueden hacer donaciones y para qué fin específico (grupo de población, zona, etc.), y proveer el mecanismo para hacerlo. A las empresas, organizaciones y personas que quieren donar les ayudaría a encontrar el intermediario que se acomode mejor a sus intereses o que les dé más confianza. También podría contar con, por ejemplo, unos mapas que permitan a los encargados (públicos y privados) de entregar las ayudas marcar los lugares que ya fueron atendidos, a los donantes hacerle seguimiento a sus donaciones y a todos registrar lugares donde la ayuda no ha llegado y se necesita.

Confío en que el ingenio será más que suficiente para desarrollar esta aplicación y que las entidades y los particulares tendrán la disciplina para hacer un uso responsable de la misma. No nos puede pasar que nos dejemos morir de hambre entre nosotros, tampoco que el hambre y las necesidades profundicen las dificultades y consecuencias de la crisis que hoy vivimos. Arrancamos bien y rápido siendo solidarios, hagámoslo ahora con miras a ser más eficaces. Si alguien se anima a sacar adelante esta idea, lo invito a que trabajemos juntos para que nadie tenga hambre mientras encontramos la salida.

*Columnista invitada. 

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