Por: Ernesto Forero.

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Recientemente el DANE publicó las proyecciones de la población colombiana para el año 2020, las cuales fueron realizadas con base en el censo nacional adelantado en el año 2018. Dichas proyecciones estiman que Colombia llegará a 50 millones de habitantes en el año 2020 y Santa Marta a 538.000.

El hecho de tener más de 500.000 personas asentadas de manera permanente en un espacio físico limitado tiene efectos en todos los aspectos de la vida de quienes allí conviven; son 500.000 personas que comen, que viven, que se relacionan, que trabajan, que no trabajan, que tienen necesidades, que las cubren, que no las cubren, que sueñan, que fracasan, que estudian, que roban, etc. 

La historia ha evidenciado que el crecimiento poblacional lleva implícito cambios sustanciales en la dinámica social y económica de la sociedad respectiva. Por ejemplo, hacia el final de la Edad Media, el crecimiento de los pueblos trajo consigo la aparición de una nueva clase en la sociedad, diferente de las tres clases o estamentos en que se encontraba dividida la misma: el estamento nobiliario, el clero y el pueblo llano, conformado este último por todos los que no hacían parte de las dos categorías anteriores. Esa nueva clase fue denominada como la “burguesía”, palabra utilizada para llamar de manera genérica a los habitantes de los “burgos” como se denominó a las nuevas “ciudades” en crecimiento de la época. Esta burguesía agrupaba a quienes se dedicaban a actividades esencialmente comerciales, las cuales no giraban en torno a la propiedad o terrenos de los nobles o del clero. 

El surgimiento de esta nueva clase, que con el tiempo fue acumulando recursos e influencia, introdujo a la sociedad nuevos intereses, nuevas percepciones de la realidad, nuevas exigencias y nuevas visiones de lo que era y debía ser la organización social, generando una situación de crisis con el establecimiento. Esta situación de agitación intelectual y social logró generar y acumular el vapor suficiente para hacer pitar, hasta estallar, la olla del ordenamiento social, legal y económico imperante, dando origen a las revoluciones burguesas, siendo la Revolución Francesa la principal de ellas. Estas revoluciones evidenciaron cómo la fuerza de una nueva clase emergente logró cambiar por completo y de un tajo la forma en que se organizaba la sociedad, dejando atrás el Antiguo Régimen, como lo denominaron los burgueses revolucionarios.   

Una ciudad como Santa Marta, que en el año 2020 llegará a aglomerar a más de 500.000 personas de manera permanente, sin sumar la población flotante asociada a su vocación turística, empieza a sumergirse en dinámicas sociales y económicas propias de las ciudades medianas, con todo lo que ello implica. Ese tránsito trae consigo, entre otros, cambios en el perfil de su habitante medio, pues el crecimiento poblacional y la dinámica económica que genera abre la posibilidad de supervivencia a un mayor número de actividades profesionales, comerciales o industriales, diversificando así los intereses y visiones que interactúan en la sociedad. 

Hoy, por ejemplo, un ingeniero de sistemas programador de softwares puede tener la expectativa legítima y fundada de poder desarrollar su carrera de manera independiente en Santa Marta, lo cual era antes inimaginable, salvo que fuese contratado directamente por una empresa. Lo mismo sucede con diferentes profesiones “no tradicionales”, por llamarlas de alguna manera que permita ilustrar el punto. Como el ingeniero del ejemplo, hoy es económicamente posible (no sin dificultades, ¡pero antes era imposible!) que un diseñador de interiores, un artista, un cineasta, un chef, o un emprendedor contemplen la posibilidad de desarrollarse profesionalmente en Santa Marta. 

Ese nuevo perfil de habitante samario, producto de una ciudad en crecimiento, es la nueva burguesía. Una burguesía conformada por estudiantes universitarios, por jóvenes profesionales especializados, emprendedores, trabajadores preparados, amantes del arte, de la cultura, defensores del ambiente, profesores con maestría y doctorados.  

Esa nueva burguesía samaria, que trae la herencia de la burguesía de las revoluciones del siglo XVIII, viene incluso con más ebullición que aquella, pues la tecnología y la globalización han puesto al servicio de sus intereses mayores y mejores herramientas. Hoy esa nueva burguesía tiene acceso a un mayor conocimiento que antes, viaja de manera más fácil y económica, está comunicada y conectada de manera casi instantánea con el mundo, todo lo cual le permite analizarse a sí misma y a su entorno, comparar su realidad con la realidad de la población de otras ciudades colombianas o extranjeras, y, finalmente, le permite llegar a la conclusión de en qué realidad se encuentra y en qué realidad quiere estar. 

Cuando evidencia que la realidad en la que se encuentra no lo satisface, la ebullición incrementa y el silbido del pito empieza a subir su volumen; la presión cae entonces sobre los hombros de los gobernantes de turno y las expectativas del futuro son depositadas en los brazos de los aspirantes a gobernantes. Esta compleja situación en la que se mezclan inconformidades del presente, historias y prejuicios del pasado, con expectativas del futuro, abonan el terreno para caudillajes politiqueros que terminan alimentando el ciclo vicioso de la defraudación de expectativas y creando nuevos prejuicios. 

Los gobernantes actuales y quienes aspiren a ser los gobernantes de estos burgos del presente como Santa Marta, que en 2020 albergará a 500.000 habitantes, tienen el reto inmenso de estar a la altura de las exigencias de la nueva burguesía, mucho más ilustrada y consciente que la del pasado, y deberán sintonizarse con la forma como ese nuevo estamento percibe su realidad y proyecta su futuro. La población en general, por su parte, deberá permanecer exigente, aunque atenta para no caer en caciquismos que terminen por defraudar, nuevamente, sus expectativas.

*Director Temático del Departamento del Magdalena.

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