¡Qué orgullo!

¡Qué orgullo!

Por: Jorge Luis Gil A.

En el mes de junio se conmemoran las revueltas del StoneWall Inn en Nueva York en 1969, donde miembros de los sectores LGBT+ se levantaron y manifestaron por seis días seguidos en contra de los abusos policiales y la discriminación. A partir de ese momento millones de personas celebran su existencia y exigen sus derechos en las icónicas marchas que se llevan a cabo en muchas ciudades alrededor del mundo.

Aunque estas movilizaciones han logrado visibilizar las luchas por los derechos de los sectores LGBT+ y derribar algunos de los prejuicios, aún queda un camino largo por andar. Las personas trans siguen siendo discriminadas, asesinadas y sus derechos vulnerados: según informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos,  la expectativa de vida de las mujeres trans es de tan solo 35 años. Los sectores LGBTQ  siguen siendo discriminados por su orientación sexual e identidad en su lugar de trabajo, según el informe del proyecto PRIDE de la organización Internacional del Trabajo –OIT-.  Ni hablar de los pocos escenarios de participación y las escasas oportunidades de que las personas de los sectores diversos ocupen puestos de decisión importantes en el Estado o en la empresa privada.

Aunque hace falta mucho por avanzar también hay mucho que celebrar y conmemorar:

Por ejemplo, en el 2015 se lanzó el informe “Aniquilar la Diferencia” del Centro de Memoria Histórica, el primer informe oficial sobre las victimas LGBT+ del conflicto armado, que permite ampliar el espectro de análisis de la historia del conflicto colombiano desde una perspectiva de género y diversidad. Las víctimas LGBT+ por primera vez fueron reconocidas y sus historias, hasta entonces silenciadas, fueron visibilizadas.

[1]

A finales de ese mismo año, la Corte Suprema, mediante la sentencia C- 683, reconoció el derecho de los niños y niñas que son aptos para la adopción a tener una familia sin importar si los adoptantes son personas del mismo sexo. Así el concepto de familia se amplia y se reconoce que la orientación sexual de una persona no la hace más o menos idónea para tener hijos.

[2]

En el decreto 1227 de 2015 se estableció el procedimiento para que las personas puedan cambiar su sexo en la cedula de ciudadanía, como resultado de años de movilizaciones de los sectores trans quienes han exigido que su cédula sea un documento de identidad que refleje su identidad de género y su nombre identitario. Esto permite que, en todo acto administrativo, público y privado, sean reconocidos. Como resultado de esta medida, desde 2019, los menores de edad también tienen derecho a cambiar el sexo en sus documentos de identidad.

[3]

Desde el 2016, con un fallo de la Corte Constitucional se abrió la posibilidad a que personas del mismo sexo se puedan casar y conformar un matrimonio, lo que tiene implicaciones legales y culturales de gran relevancia. Por ejemplo, anteriormente, si una persona homosexual era hospitalizada, su pareja no podía visitarla en el hospital por no tener ningún tipo de parentesco. El amor y razón le ganaron la partida a la discriminación.

[4]

Si bien muchas de estas victorias se han dado en el ámbito jurídico, los logros simbólicos son igualmente importantes. En el 2019, Brigitte Baptiste fue nombrada como rectora de la EAN, siendo la primera mujer transgénero de la historia de Colombia en ocupar dicho cargo en una universidad. Ahora en su papel como rectora, Baptiste ha abierto puertas para otras personas trans, al crear un programa de becas para posgrados y cursos enfocados en la tecnología, reconociendo las dificultades que existen en los ámbitos académicos para incluir este grupo poblacional.

[5]

En 2020 Claudia López se posesionó como Alcaldesa de Bogotá, siendo la primera mujer que llega a este cargo en la ciudad y se convirtió en la primera lesbiana en la historia de Colombia en ocupar un cargo de elección popular de alto nivel en el Estado. Aunque ha sido fuertemente criticada por implementar el pico y género y por el manejo que el equipo de la Alcaldía le dio a la muerte de Alejandra Monocuco, su administración acaba de empezar así que hay que esperar para ver cuáles serán sus resultados en la protección y promoción de los derechos de las mujeres y las personas LGBT+, temas que estuvieron presentes durante toda su campaña.

[6]

Todos estos avances fueron posibles gracias a la lucha por los derechos que han dado los sectores LGBT+ en el país a través de la movilización, el activismo y el litigio estratégico. Cada avance es el fruto de miles de horas de trabajo y de movilización permanente, que muchas veces costaron la vida de grandes activistas como León Zuleta. Estas luchas han cambiado la historia de millones de personas LGBT+ en el país, han cambiado la historia de Colombia para siempre.

 

[1] Portada del informe Aniquilar la Diferencia del Centro Nacional de Memoria Histórica. 2015

[2] Los esposos Lacher-Sanchez son la primera pareja homosexual en adoptar. Fuente: RevistaZero. 2017

[3] Foto de Juan Jaime en el 2015 en luego de darse a conocer el decreto 1227. Fuente: Sentiido.

[4] Diego Quimbayo Y José Ticora fueron la primera pareja de Gays que se casó en Colombia. Fuente: orgullolgbtcolombia.blogspot.com

[5] Brigitte Baptiste, rectora de la Universidad EAN. Fuente: Universidad EAN

[6] La alcaldesa de Bogotá Claudia López. Fuente: Twitter.

 

*Miembro Dirección de Género y Equidad

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¡Qué orgullo!

Nuestras Masculinidades

Por: Jorge Luis Gil

Muchos aspectos de nuestras vidas se dan por sentados desde que nacemos. En el caso de los hombres, por ejemplo, se asume que debemos procesar nuestras emociones de forma discreta y privada, en otras palabras, minimizarlas. O que debemos asumir ciertos roles en la sociedad como protectores o defensores. Al no analizar crítica e introspectivamente esta situación, aceptamos construir un camino seguro pero ciego sobre el cual echamos a andar nuestras relaciones personales.

Pensar nuestra masculinidad es tocar las fibras más sensibles de nuestro ser social, pues solo con realizar este ejercicio mental ponemos en tela de juicio las estructuras “sólidas y fuertes” que nos brindan los privilegios que ganamos por el simple hecho de ser hombres. Es decir, al preguntarnos qué significa ser hombres ponemos en duda nuestra masculinidad.

El ejercicio crítico, entonces, se convierte en un acto arriesgado en el que nos veremos enfrentados a nuestro propio reflejo, empezando por la pregunta más simple pero también más compleja: ¿Qué es ser un hombre? Al intentar dar respuesta a este cuestionamiento, los prejuicios sobre la masculinidad empiezan a moldear unas características físicas y comportamentales que se asignan al deber ser de un hombre, tales como: un hombre tiene pene, tiene que ser fuerte, tiene que limitar al máximo la emotividad, tiene que ser valiente, tiene que ser heterosexual, tiene que ser el proveedor del hogar y, sobre todo tiene, que ser poderoso, en cualquier ámbito del contexto social. Estas características, en parte, es lo que se conoce como masculinidad hegemónica.

¿Qué pasa si un hombre no cumple con estás condiciones? ¿Deja de ser hombre?  ¿Se convierten en un mal hombre? La respuesta, por supuesto, es no, porque ser hombre es mucho más complejo que una lista de atributos físicos y de comportamiento. Ser hombre es una identidad, que si bien se construye subjetivamente, está ligada a la cultura, la política y la geografía de una sociedad en un tiempo específico. Así que para entender nuestras masculinidades y por ende nuestras hombrías debemos analizar el cómo aprendimos a ser hombres y en qué contexto.

Si bien la masculinidad hegemónica está presente en todos los aspectos de la vida social, hay atributos de la misma que son más evidentes en ciertos contextos sociales, por ejemplo, la figura de proveedor del hogar es mucho más importante y realizable en los sectores rurales que en los sectores urbanos. Si empezamos a reconocer los distintos contextos en los que vivimos, descubrimos que es imposible cumplir con las expectativas de la masculinidad hegemónica: no todos los hombres tienen pene, no todos los hombres son proveedores del hogar, no todos los hombres son heterosexuales y no todos los hombres ejercen poder para dominar a las mujeres.

Pensar nuestra masculinidad no solo tiene que reconocer la diversidad entre nosotros, sino que tiene que romper el molde hegemónico y echar abajo el común denominador machista que nos impide construir una sociedad con justicia social. Por más difícil que sea, el análisis crítico nos servirá como una herramienta para cuestionar la manera en que construimos y aprendemos nuestras masculinidades, así como para reconocer qué tipo de hombre somos y si nuestra masculinidad es tóxica o por el contrario contribuye a la construcción de una sociedad equitativa e igualitaria.

*Miembro Dirección de Género y Equidad

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