Por: Carolina Flechas

La pandemia del COVID-19 ha tomado la vida de, al menos, 217 mil personas, con casos en aumento en todos los continentes. En la historia reciente, pocos fenómenos han tenido efectos tan universales. Sin embargo, aunque estamos en el mismo mar, no todos vamos en el mismo bote. La pandemia ha dejado al descubierto muchas de las fallas y desigualdades estructurales de nuestras sociedades. Las barreras y desigualdades que enfrentan las mujeres alrededor del mundo han sido ampliamente debatidas, y desde el feminismo se han propuesto algunas líneas de análisis y de acción, que resultan útiles para pensar posibles salidas de la actual crisis.

Algunos de los problemas estructurales que la crisis ha puesto en evidencia y, en algunos casos exacerbado, son el acceso desigual a los sistemas de salud pública, los bajos presupuestos, la precarización laboral, el reparto desigual en las tareas del hogar, las brechas entre lo urbano y lo rural, y las múltiples formas de violencia.

El aislamiento, el distanciamiento social y el trabajo desde la casa son medidas que, por un lado, son realistas solo para unos pocos y, por el otro, recrudecen dinámicas de desigualdad ya existentes. Como han dicho analistas, organizaciones internacionales, ONGs y activistas, la pandemia ha tenido un efecto desproporcionado sobre las mujeres.

Desde sus orígenes, el feminismo como corriente teórica y como movimiento social y político, ha estudiado y cuestionado la desigualdad, la violencia y el reparto desigual del trabajo. Sus herramientas analíticas pueden resultar sumamamente útiles para entender y atender la situación que atravesamos mundialmente, diagnosticar los poblemas y pensar en mejores soluciones.

Estos son solo cinco de esos elementos de la teoría feminista que nos dan luces para entender el presente:

  1. La importancia de centrar a aquellos que están en los márgenes (local y global) y centralizar su experiencia: desde los años 60 se escribía, entre otras cosas, sobre condiciones laborales justas, sistemas de salud eficientes y seguros, y derechos civiles y ciudadanos para todos y todas. La distribución desigual de la riqueza, la falta de garantías de Derechos Humanos y las políticas públicas poco inclusivas dejaron a millones de personas fuera del sistema: viviendo por debajo de la línea de pobreza y con poca o ninguna garantía de sus derechos básicos fundamentales. Un ejemplo de esto es el trabajo de los estados para proteger a las víctimas de la trata de personas o la protección de personas que tienen trabajos informales.
  2. La tarea fundamental de re-direccionar la actividad económica: desde finales de la Guerra Fría las feministas comenzaron a hablar sobre la importancia de abandonar la economía de guerra[1], y sobre el vínculo entre la economía extractivista, la degradación medioambiental y la masculinidad, lo que abre puertas para repensar las maneras en que producimos y consumimos. El trabajo precarizado de menores de edad y de mujeres en minería ilegal en Colombia es un ejemplo de este tipo de reflexiones.

Las feministas también han hablado del reparto desigual en las tareas de cuidado como plantea Joana Das Flores Duarte en un artículo para Clacso: la mayoría del personal de salud que está en las primeras filas de acción son mujeres (enfermeras, trabajadoras sociales y todas aquellas que están en el sector de cuidados de niños y niñas, personas vulnerables, personas con discapacidad y personas mayores). A esto se suma el cuidado del hogar que recae casi exclusivamente en las mujeres.

  1. La importancia de los lazos colectivos y de la organización: diversos colectivos de mujeres han resaltado que una de las maneras de generar cambios tangibles es el trabajo colectivo y solidario. Desde hace décadas se han creado redes de contención, grupos de ayuda y colectivos feministas que luchan desde un lugar común para conseguir sus objetivos. Esta manera de generar soluciones puede ser muy útil en el momento en que se necesite pensar en líneas de acción durante esta pandemia. Dos ejemplos claros son las múltiples marchas en favor de la ampliación de derechos civiles y la lucha de colectivos como las Madres de Falsos positivos, en búsqueda de reparación y verdad.
  2. La interseccionalidad, entendida como la superposición de diferentes dimensiones de opresión como género, clase o raza, y la necesidad de abordar las desigualdades desde diferentes orillas: Los movimientos feministas han puesto en evidencia que las desigualdades no se presentan en silos, sino, en muchos casos, se superponen. Los problemas y sus diferentes aristas tienen que pensarse en bloque, porque de otra manera, no se puede llegar a una solución duradera. El racismo latente en Colombia, la centralización que afecta a los territorios, la discriminación y xenofobia, son algunos de los elementos que se pueden pensar desde esta área.
  3. Las violencias basadas en género en la agenda: En Colombia, el 76% de los casos de violencia sexual ocurren dentro de la vivienda. Además de la violencia física se suman la económica, simbólica y patrimonial, que han aumentado durante la cuarentena. Si bien las cifras varían según la fuente, hay registro de 28 mujeres asesinadas (ocho durante la cuarentena) y de casi 700 llamadas a la línea Púrpura en Bogotá. La cuarenta exacerbó y evidenció un problema que nos obliga a pensar en políticas de protección y de garantía de los derechos de todas las mujeres.

[1] Sturgeon, N. (2003). Feminism and Environmentalism in a Time of War. J. Envtl. L. & Litig.18, 209.

*Miembro Dirección de Género y Equidad

Compartir.

Para poder encontrarnos hay que acercarse Al Centro.