Por: David Méndez

La historia política de Colombia ha tenido un común denominador que ha impedido el desarrollo de estructuras partidistas sólidas y con vocación de efectiva representación. Este elemento es el personalismo que ha acompañado la competencia política en el país, definiendo el tipo de relación que los políticos tienen con sus electores. Y ante el lanzamiento de las campañas presidenciales a través de firmas y sus controversiales eventos de inauguración, nos queda preguntarnos, ¿por qué el personalismo se apodera y deja las ideas en segundo plano del debate democrático en Colombia?

En efecto, parte de las discusiones en materia política se ha sintetizado en grandes nombres, y figuras que movilizan masas cuyo discurso parece contener la solución a los problemas sociales, económicos y políticos. El carácter mesiánico ha venido acompañando el ejercicio político en Colombia —para pesar de muchos— por encima de las ideas y contenidos programáticos que deberían ser el leitmotiv de toda discusión política y social.

Esa misma línea de personalismo promete definir la carrera electoral en 2022, toda vez que el arranque de las campañas políticas para la Presidencia ha estado definido por dos factores: por un lado, los partidos políticos se han hecho a un lado ante su imagen desprestigiada, dando paso a que los actores políticos, a nombre propio, busquen posicionarse; por el otro, las campañas que se han lanzado hasta el momento evidencian que, en su discurso, los políticos parecen tener soluciones inmediatas a problemas estructurales y complejos.

Parafraseando a los profesores Steven Levitsky y Daniel Ziblat (2018), las democracias siempre corren riesgos en tiempos de crisis económicas. El contexto colombiano no escapa de ello, pues los actores que traen consigo en su discurso soluciones mágicas no suelen contener en sus prácticas un respeto irrestricto por la democracia.

Por ello, el tono con el que se han dado los lanzamientos de las campañas presidenciales en Colombia, de manera prematura, nos recuerda a la campaña de Newt Gringrich en Estados Unidos, en 1978, que, de manera ferviente y ante un grupo de estudiantes universitarios afirmó:

‘Estáis luchando una guerra, una guerra por el poder. Este partido no necesita otra generación de aspirantes a líderes cautelosos, prudentes, cuidadosos, anodinos e irrelevantes. Lo que de verdad necesitamos son personas dispuestas a librar un combate acalorado. ¿Cuál es el objetivo principal de un líder político? Construir una mayoría’ (Gringrich, 1978). 

Sin embargo, el problema del personalismo en nuestro país no obedece únicamente a la manera en que los actores políticos desarrollan sus proyectos y campañas, sino que también responden a incentivos dentro de lo que el marco normativo les permite, así como la legitimidad que desde la ciudadanía se les da a estas prácticas.

En este texto busco elaborar algunas respuestas acerca del continúo personalismo que impide el avance y fortalecimiento de la representación política en Colombia, la cual debería estar basada en ideas y contenidos programáticos y no en líderes que movilizan masas sin un contenido claro ni capacidad real de ejecutar lo que pregonan en sus discursos acalorados y provocadores.

Para tal fin, desarrollo dos elementos integradores y creadores del dicho personalismo. El primero, el diseño institucional y el tipo de sistema mediante los cuales los actores políticos se desenvuelven; el segundo, la denominada paradoja de la tolerancia mutua según la cual deberían existir comportamientos y prácticas que legitimen el actuar de los actores contrincantes, evitando considerarlos como enemigos que no deben existir.

Diseño institucional: el presidencialismo como el origen de prácticas personalistas

Para el profesor Juan Linz (1993), en su texto sobre los peligros del presidencialismo, este tipo de sistemas suelen tener el común denominador de un tinte personalista, producto de la composición y el diseño institucional de los mismos. En ese sentido, ante la presencia de un actor con amplias capacidades en el ejercicio del poder, los sistemas presidencialistas suelen generar y/o crear tipos de liderazgos centrados en la figura de un líder particular.

El presidencialismo lo podemos entender entonces en el aspecto de la lógica de un ganador único a través de las elecciones presidenciales y el de la centralización de las decisiones políticas en la cabeza de un jefe de Estado.

Como el presidencialismo se caracteriza por la existencia de un jefe de Estado que detenta el poder, la dirección de un país inevitablemente estará regida por la personalización de su hacer ante las capacidades y herramientas que el presidente puede tener en un país como Colombia. El diseño institucional genera incentivos para que los actores políticos busquen que su imagen crezca lo suficiente como para poder representar una porción de la ciudadanía a nombre propio. Esto se refleja en el arranque de las campañas políticas a la Presidencia: rostros, iniciales y figuras por encima de cualquier idea que pueda comunicarse.

Este diseño institucional lleva, en palabras de Walter Bagehot (1872), a crear un aura de autoimagen y expectativas populares en época de campaña muy alejadas de las posibilidades reales de ejecución. Pero, principalmente, impulsa un sentido de poder-misión en los políticos a quienes brinda los incentivos suficientes para adquirir un carácter mesiánico ante los problemas que prometen y pretenden resolver en caso de ser elegidos.

De esta manera, podemos afirmar que los actores políticos se mueven y manejan a través de un ecosistema normativo e institucional que les brinda los límites mediante los cuales se dirigen ante la ciudadanía, generan vínculos de representación y conforman sus estrategias políticas. Sin embargo, un sistema que privilegia la personalización del poder solo permitirá que los líderes políticos adopten un carácter de salvador y de omnipotencia en sus promesas de campaña y en la ejecución de sus gobiernos.

Tolerancia mutua, gran ausente en Colombia

En su libro ¿Cómo mueren las democracias?, los profesores Levitsky y Ziblat (2018) introducen el concepto de tolerancia mutua como una forma de salvaguardar y proteger los regímenes democráticos. Dicha estrategia tiene que ver con un aspecto más cultural que institucional. Este aspecto se recoge básicamente en la posibilidad y garantía de que existan contendores de todas las orillas políticas e ideológicas, sin que ello implique amenazas a su integridad y/o buen nombre. En esencia, las ideas y argumentos deben ir por delante de los adjetivos.

Y es que al revisar y hacer seguimiento a las más de 52 precandidaturas que hasta la fecha han manifestado su intención de participar en los comicios, así como del comportamiento político cotidiano en el país, podemos evidenciar niveles asombrosamente bajos de legitimidad y respeto a las ideas de los actores contrarios. Esto no solo se refleja en los políticos, sino en ciudadanos y miembros de distintas colectividades.

Sin duda, los acuerdos mínimos sobre cómo debería desarrollarse el ejercicio político no han sido una costumbre en nuestro país, lo cual históricamente ha permitido que el todo vale se posicione como el elemento cohesionador de las prácticas electorales. Desde el uso de adjetivos descalificadores y la judicialización de la política hasta el actuar violento son constantes en el panorama comicial colombiano. Esto refleja, entonces, que no depende únicamente del diseño institucional la posibilidad de evitar que los actores políticos se comporten como salvadores gracias a los cuales las respuestas a las problemáticas sociales y políticas están resueltas.

Los elementos de cultura política juegan un papel tan o más importante que el diseño institucional, y deberán ser revisados en el desarrollo de la campaña electoral en curso, así como en el futuro, en procura de mejorar los mecanismos de representación del poder y con el fin de evitar el mesianismo y el posicionamiento de iniciales y rostros por encima de ideas y elementos conciliadores. Esto engrandecería el ejercicio político basado en el diálogo y las ideas, catalizadoras de una visión estable a largo plazo de país.

Las prácticas en exceso personalistas responden, pues, a las demandas de una población que las legitima y busca porque termina dándole un lugar y un sentido de existencia frente a los problemas con los que convive a diario y los cuales no tienen soluciones inmediatas, pero que, ante un discurso atractivo que parece contener los outputs que reclama, no tiene otra opción además que la del culto a la personalidad. En otras palabras, se fomenta la creencia de que el rumbo de un país descansa en una persona.

Ante el origen del carácter personalista de las campañas presidenciales y el ejercicio de la política que he pretendido explicar en estas líneas, solo nos queda reflexionar acerca del lugar que hemos brindado a los grandes personajes y sus ideas, aparentemente, siempre renovadoras. 

Y será aún más relevante, como ciudadanía, pensarse el rumbo del país que se espera y el norte que se pretende diseñar, con el fin de evitar que, a través del personalismo arraigado en Colombia, no se patee el tablero cada cuatro años, esperando construir en un periodo de tiempo la nación que se desea.

Referencias y bibliografía 

Bagehot, W. (1872). The English Constitution: By Walter Bahegot. Dubleday. 

Linz, J. J. (1993). Los peligros del presidencialismo.

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias (Vol. 1). Barcelona: Ariel.

Gringrich, N. (1978, 24, 06). College Republicans at the Atlanta Airport Holiday Inn. Link: https://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/newt/newt78speech.html  


*Miembro Dirección de C

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