Campañas políticas en pandemia

Campañas políticas en pandemia

Por: Laura Herrera

En menos de un año estaremos ante un escenario electoral en el que, posiblemente, el Covid-19 seguirá presente lo que obligará a las campañas políticas a adecuarse a la nueva realidad.  ¿Cómo serán las campañas en medio de una pandemia? A continuación, algunas claves para tener en cuenta.

Aún más digitales: las grandes reuniones y manifestaciones políticas, el volanteo, e incluso los recorridos políticos, pueden poner en riesgo la salud de los ciudadanos y los equipos de campaña. Las redes sociales, las reuniones digitales y la presencia en la web serán mas que nunca fundamentales para hacer campaña. Twitter, Instagram, Facebook y TikTok serán los canales principales para comunicar mensajes, generar controversias, ganar respaldos y movilizar al electorado.

Protección de datos: el envío masivo de mails, así como las estrategias a través de mensajes de texto o listas de difusión mediante servicios de mensajería instantánea como WhatsApp o Telegram, entre otros, serán de gran apoyo para comunicar hechos políticos, sin embargo, estas estrategias deben tener como eje central la protección y autorización del tratamiento de datos de las personas con las que se interactúa.

La inclusión en bases de datos debe contar con la autorización previa de la persona para que permita el envío de información y el tratamiento de sus datos. Lo mismo ocurre con las listas de difusión y chats grupales por servicios de mensajería instantánea, no hay nada más molesto que recibir montañas de información de figuras políticas que invaden la privacidad en el chat. Antes de enviar información los líderes deben pedir autorización para no correr el riesgo de infringir las políticas de protección de datos y tampoco para que su estrategia tenga efectos contraproducentes como el hastío o una crisis por una posible una denuncia pública ante el incumplimiento.

Medios de comunicación: los medios tradicionales: radio, prensa y, sobre todo, televisión, serán fundamentales para la difusión de noticias sobre determinados candidatos. Serán los medios de nuevo los protagonistas pues a partir de sus publicaciones se darán a conocer los candidatos y, por supuesto, instalarán la agenda a debatir.

Símbolos: la identidad crea comunidad. El uso de símbolos, imágenes, emoticones o canciones que le permitan a los votantes identificarse, unirse y demostrar su apoyo será fundamental. Esta seguirá siendo, con mucha más fuerza, la manera de generar sentimientos de pertenencia, unanimidad y de generar efecto contagio por la presión de pertenecer a determinado grupo.

Vuelven los afiches: el afiche volverá a recobrar su relevancia ya que las grandes manifestaciones en masa serán muy difíciles de realizar. Un edificio o un barrio con afiches en las ventanas volverá a ser una poderosa fuente de demostración de respaldo hacía los candidatos y de los mismos candidatos hacía sus rivales. El reto está en establecer procesos sencillos para hacer llegar el material a la puerta de la casa de la gente por ejemplo a través de solicitud de los kits de publicidad en las páginas web o en redes sociales.

Polémica: la producción de información en redes sociales es cada vez mayor y, dadas las circunstancias, los candidatos competirán por visibilidad. La polémica será la manera de diferenciarse en medio del océano de información, sin embargo, correremos el riesgo de vernos inmersos en campañas con altos niveles de agresividad y pesimismo que son perjudiciales para el clima electoral generando apatías o dificultando los procesos de construcción de consenso posteriores. 

De otro lado, el humor y  contenidos de aspectos personales de los candidatos también serán tácticas que impulsarán las campañas. En estos casos no hay que perder de vista el contenido y la reputación de la figura pública: existe una diferencia abismal entre ser osado y hacer el oso por unos likes. Una vez se instala la idea de ligereza en la imagen de un líder político es muy difícil dar vuelta atrás.

Autenticidad: en definitiva, es fundamental que un candidato tenga propia voz, más allá de su equipo digital, es él quien tiene que dirigir su comunicación y, sobre todo, poder transmitir la mayor autenticidad posible. El electorado quiere lideres reales, no frases de cajón. 

Análisis de datos: nunca antes la comunicación tuvo la oportunidad de mapear de manera más fácil, inmediata y a menor costo la opinión e interacción con los candidatos. Un estudio demostró que a través de una variable de Twitter se pudo medir en tiempo real el respaldo hacía Claudia López y Carlos Fernando Galán dando especio a predicciones más rápidas y económicas que las encuestas. El futuro de la comunicación política está en quienes sepan recolectar y analizar los datos para saber que hacía dónde se debe apuntas y qué se debe ajustar rápidamente sobre la marcha.

Infografías y videos cortos: los usuarios en redes sociales cada vez consumen más información mientras la atención que prestan al contenido disminuye. Las redes sociales dan prioridad al video y a las imágenes, por eso la recomendación es hacerlos cortos de no más de un minuto, con un mensaje claro sin rodeos y con buenos datos.

 

 

*Directora de Comunicación Política

Campañas políticas en pandemia

El centro: el valor de las ideas

Por: Daniel Quiroga, María Paz Martínez y Valeria Donado

Nos juntamos 3 politólogos de diferentes edades, especialidades y orígenes. Una barranquillera, una caleña y un bogotano a hacernos una pregunta que varios afirman últimamente, ¿El centro existe?  

Ante esta inquietud decidimos escribir este texto para explicarle a nuestros lectores porque el Centro existe. Debemos empezar afirmando, que es triste oír a colegas discutiendo si hay o no espacio para el centro dentro de la teoría política. Se lo espera de políticos que buscan deslegitimar candidatos que no se radicalizan como parte de una estrategia electoral, pero no a quienes estudian la teoría política. Aquellos que sólo ven izquierda y derecha sufren de algo que se podría denominar “ceguera dogmática”. Esta impide ver los matices ideológicos existentes. 

Cuando nos remitimos a la ideología política, debemos hacer referencia al lugar donde se sentaban las distintas facciones durante la Asamblea Nacional Constituyente en la Revolución Francesa. Desde ahí el mundo ha evolucionado. Hoy las causas y los derechos son otros y sin duda, los problemas nacionales e individuales también lo son. Ante estos nuevos retos, ¿insistimos en decir que todo debe ser blanco y negro? NO, el mundo está lleno de matices. 

El espectro político no es más que una forma de ordenar gráficamente a los grupos y facciones con respecto a ejes conceptuales. Desde hace muchos años se ha venido replanteando la idea de un espectro político unidimensional (derecha-izquierda) y se han adoptado formas que muestren mejor la complejidad de la realidad. Por eso, hoy vemos espectros que tienen distintos ejes y dimensiones en los que los conceptos de los ejes son el grado de libertad positiva/libertad negativa, el grado de urbanidad/ruralidad o el grado de multiculturalismo/nacionalismo. 

No existe un solo espectro político y estos se transformarán de acuerdo con los debates que se den en las sociedades y los clivajes que surjan. Existe gran diversidad de ideas, por lo que parece ingenuo intentar catalogarlo todo en los conceptos de derecha o izquierda. Al final más allá de los conceptos teóricos lo importante son las personas, sus ideas y sus valores.

La incapacidad de los conceptos como “izquierda” o “derecha” para explicar y solucionar problemas cotidianos hace que personas alrededor del mundo busquen más que una ideología para sentirse representados. En Colombia un gran número de personas han venido consolidando el centro. Este centro tendrá tendencias de derecha o de izquierda y sin duda puede también tener diferentes preferencias.

Actualmente, los sectores que se autodenominan de derecha y de izquierda atacan al centro diciendo que no existe, pero en época electoral son los votantes de centro, a los que intentan conquistar para ganar el poder. El centro no existe para los ciegos dogmáticos. Hasta que les es útil. 

Ningún candidato podrá ganar la presidencia en Colombia sin el centro. Se vio claro en las elecciones pasadas que por miedo a la derecha hubo votantes de centro que migraron a la izquierda. Lo mismo pasó a la inversa y el miedo a la izquierda hizo a muchos votar por el candidato de derecha. Esta polarización trae réditos políticos para los extremos quienes buscan generar nuevamente este fenómeno. Sin embargo, es cada vez más claro que los colombianos pertenecen al centro como lo indica la última encuesta de Cifras y Conceptos que afirma que el 53% de los colombianos se consideran de centro, el 23% de izquierda y el 24% de derecha.  

Colombia no es el único que pasa por este debate. La política del señalamiento y no de las propuestas es un virus incluso peor que la pandemia que hemos vivido este año. A medida que pasan los años, olvidamos como durante el siglo XX las ideologías radicales llevaron al mundo a un peligroso punto de difícil retorno. 

Hoy vemos como esas ideologías renacen en Europa y Estados Unidos e impulsan un discurso basado en los estigmas y no en las ideas. Quienes tanto critican al centro es porque basan su política en el señalamiento del otro y terminan por deteriorar el tejido social de sus países, yendo en contra del pluralismo, la diversidad y la inclusión. 

Hay un gran problema con las personas que llegan al poder con estas tendencias tan marcadas: cuando gobiernan están más preocupados por mantener felices a su base y no “traicionarlos”, en vez de gobernar para todo un país. Es difícil ver en Colombia a alguien que gane la presidencia en una primera vuelta, lo que implica que no tendrá un amplio mandato y que quienes lo eligieron en una segunda vuelta lo hacen por consensos. Es ahí el primer error de los políticos, algo que ha sufrido el actual presidente Duque. Creyó que los 10 millones de votos eran de él y ha gobernado para una facción del país, no para la nación. Los problemas del país no son de derecha o izquierda y muchos no nos sentimos representados en los extremos, sus visiones y formas de ver el mundo.

Como sociedad debemos darnos la oportunidad que el centro exista y que sea una alternativa para terminar con la polarización en Colombia. Debemos cuidar que esta oportunidad pueda existir en un país en donde las ideas de centro todavía están en construcción, pero que aporta a la cultura política e incentiva los debates que nuestro país debe dar bajo la premisa de los argumentos y el respeto. 

No podemos permitir que los grupos radicalizados que han vivido de la polarización nos priven de la oportunidad de darle un giro político a nuestro país. Ellos tienen razones para querer evitar la consolidación del centro. En la reciente encuesta de Invamer, los candidatos de centro representan el 43% de la intención de voto en el país para el 2022 y cuando las encuestas únicamente proponen tres candidatos, el centro logra entre el 36% y el 45% de la intención de voto. El centro existe, y puede llevarse las próximas elecciones presidenciales. 

Más que comenzar la campaña de 2022, debemos saber leer al electorado colombiano. Es la tarea de todos quienes participamos en el ejercicio democrático continuar trabajando por una ciudadanía informada y consciente y entender que, entre menos creamos en el centro, más espacio tiene la polarización. 

Quisiéramos terminar esta columna con la reflexión del debate que Colombia merece: un debate que no se base en el discurso del odio, sino en la construcción de las ideas. Un debate que no excluya, sino que invite a la ciudadanía a involucrarse y participar. Un debate donde los políticos no saquen provecho de la demagogia y no desconozcan otras fuerzas. Un debate donde se impongan los argumentos. El deber de construir el centro es nuestro, no dejemos que lo destruyan.

*Daniel Quiroga-Director de Asuntos Públicos y Buen Gobierno

*María Paz Martínez-Subdirectora de Comunicación Política

*Valeria Donado-Columnista Invitada

Campañas políticas en pandemia

Primeras Damas, el rol menos moderno de los gobiernos

Por: Carolina Fierro y Laura Herrera

Todo indica que la primera vez que se usó el término “primera dama” fue por parte de la periodista Mary Clemmer Ammnes al referirse a Lucy Webb Hayes en 1877. La primera dama es un rol que por estos días vale la pena cuestionar porque es una mujer que tiene vida propia, carrera propia pero que por ser la compañera o esposa de un presidente se le pone en una posición difícil: no le será fácil seguir ejerciendo su carrera y en cambio tendrá que asumir un papel protocolario que la encasilla en determinados temas.

En Colombia, el papel de la primera dama es uno que se resiste a evolucionar y modernizarse, de hecho, actualmente es poco congruente con la revolución y empoderamiento femenino que hemos promovido, sobre todo, en los últimos años. El rol de la primera dama es uno basado en enormes estereotipos: demostraciones muy femeninas como abrazar niños, hacer obras de caridad, permanecer bajo perfil, ser una esposa leal y comprensiva, una madre ejemplar y una mujer discreta. De hecho, muy pocas veces se sabe la carrera profesional de las primeras damas, su trayectoria laboral y sus contribuciones desde su profesión. 

Los medios han jugado un papel determinante en este imaginario gracias a la manera en que se han hecho los encuadres noticiosos al rol de las primeras damas. El despliegue noticioso que hace de ellas está enfocado en su vestimenta, en el rol maternal y en las obras de caridad que realizan. Betty Wilnfield encontró que la prensa ha definido a las primeras damas de acuerdo a lo que las mujeres “deben” representar conforme a las normas sociales, y en su investigación planteó cinco roles principales: escolta presidencial, anfitriona de la nación, altruista, directora de un programa en pro de la niñez o asesora presidencial debido a su cercanía al primer mandatario.

Solo por recordar: María Juliana Ruiz es abogada; María Clemencia Rodríguez, diseñadora gráfica; Lina Moreno, filósofa; Nohra Puyana, periodista por mencionar algunas profesiones de nuestras primeras damas que fueron archivadas mientras se les asignó una labor dedicada a la niñez. Tal vez la única primera dama de los últimos años quien ha combinado el mandato tradicional de atención a la niñez con programas concretos y duraderos, ha sido Ana Milena Muñoz quien creó y promovió programas como COLFUTURO BATUTA, los cuales impulsó desde inicios de la década de los 90 y hoy siguen vigentes. Cabe recordar que en 1993 el debate sobre sus actividades se centró en la fundación Colfuturo, de la que había sido nombrada presidenta vitalicia. En aquel momento la Corte Constitucional determinó que «el llamado Despacho de la Primera Dama no puede serlo más, por ser ella una persona privada y carecer el despacho mismo de funciones». Así mismo decidió que «la Primera Dama no puede desempeñar labores propias de empleados públicos, pues ella como esposa del presidente es una persona particular».

Por otro lado, muy distinto sería el caso si fuera una mujer la presidenta. Seguramente su esposo no posaría alzando niños, haciendo obras de caridad y tampoco sería despellejado por el color de corbata que decide usar, si es que la usa. Lo más probable es que siguiera ejerciendo su labor en el sector privado o en alguna entidad del estado que no causara conflicto con la presidenta de la república. 

En 1994 la Corte Constitucional emitió un concepto jurídico definiendo el rol de la Primera Dama en el Estado colombiano. Según la Corte, ella puede formar parte de la junta directiva del Instituto de Bienestar Familiar e incluso puede ser nombrada en un cargo público que no dependa del Presidente de la República ni de sus ministros ni de sus jefes de departamento, de directores de entidades descentralizadas.  Pero a su vez, la Corte la encasilla ya que sostiene que la primera dama puede tener iniciativa en materia de asistencia social y en labores de beneficencia o en actividades análogas. Los mismos temas, los mismos estereotipos.

Hoy se ven en el mundo ejemplos como el de Jill Biden, esposa del recién elegido Presidente de Estados Unidos Joe Biden, quien anunció que seguirá trabajando como profesora lo ha hecho desde 2009 en el Northern Virginia Community College convirtiendose en la primera Primera Dama en continuar con su trabajo pago fuera de la Casa Blanca. O Angélica Lozano, la esposa de la alcaldesa Claudia López y quién siguió ejerciendo su trabajo como Senadora de la República. 

Hay que romper estereotipos, arriesgarse marcando un precedente: la primera dama es una mujer con vida propia.

*Directora de Reputación y Rendimiento Corporativo y de Comunicación Política

Campañas políticas en pandemia

Mujeres en el poder

Por: Laura Herrera

Ayer se realizó la entrega de llaves de Electricaribe a Afinia y Air-e, las dos nuevas empresas que estarán a cargo de la prestación del servicio de energía en la costa caribe. Esta quizá es una de las noticias más importante del cuatrienio, por todo lo que significó para los habitantes de la costa el viacrucis del servicio de energía. El proceso de intervención de la empresa duró cuatro años y fueron tres mujeres las que lograron sacarlo adelante: María Fernanda Suárez, exministra de energía y minas; Natasha Avendaño, superintendente de servicios públicos; y Ángela Patricia Rojas, agente especial para Electricaribe. 

No es de extrañar que una de las pocas promesas cumplidas del presidente Duque se logró gracias al liderazgo femenino. Si hay algo para reconocerle a Duque es que le apostó a un gabinete paritario y gracias a esta decisión hoy tenemos más mujeres al frente de importantes carteras y sectores del país. Según ONU Mujeres, hoy somos el quinto país del mundo con más mujeres ministras de un gabinete presidencial, pero aún falta mucho por hacer, por ejemplo, Natasha Avendaño es la única mujer Superintendente que hoy tiene el país, las otras nueve son lideradas por hombres.

Algunos tienen la tesis de que no debería existir leyes que obliguen al acceso a oportunidades laborales a las mujeres ya que prima el merito y no el género; lamentablemente si no existieran estos tipos de disposiciones ni siquiera a las mujeres con méritos las tendrían en cuenta, hay un techo de cristal que a muchas mujeres no nos deja seguir escalando profesionalmente.

Hasta el día de hoy ninguna mujer ha podido ocupar el cargo de Ministra de Hacienda y Crédito Público y no es precisamente porque no existan mujeres capacitadas en Colombia para liderar esta cartera, sino porque existen estereotipos que persisten como por ejemplo pensar que las mujeres solo gastan y no saben manejar el dinero.

Hasta hace solo dos años, después de 117 hombres como ministros del Interior una mujer pudo llegar a ocupar ese cargo. El Ministerio de Defensa solo ha tenido una ministra mujer, Martha Lucía Ramírez; lo mismo sucede con el Ministerio de Salud, Beatriz Londoño ha sido la única en llegar a tal posición. Dos mujeres han logrado ser Ministras de Agricultura y en el Ministerio de Transporte solo hasta en el 2012 Cecilia Álvarez se convirtió en la primera mujer en liderar el sector. Mientras tanto carteras como educación, cultura, comunicaciones y el ICBF han tenido un poco de suerte con más mujeres a la cabeza, esto es muy bueno, pero es la prueba de con qué tipo de imágenes relacionan a las mujeres y cuáles son los estereotipos que persisten. 

Por eso, debemos seguir promoviendo la igualdad de género, rompiendo los estereotipos, evitando cualquier sesgo o concepción preconcebida y eliminando el sexismo. Aún nos falta mucho camino por recorrer, por ejemplo, abrir espacios para mujeres trans. Sigamos exaltando y reconociendo a las mujeres que han liderado importantes proyectos en el país para así inspirar a otras a asumir un papel dentro de la agenda pública, y aumentar la visibilidad en la toma de decisiones y participación en el poder. No dejemos de enaltecernos, no dejemos de hablar de equidad de género, no dejemos de revelar las cifras; en un mundo androcentrista debemos seguir amplificando nuestra voz hasta que a las mujeres se nos den oportunidades por igual.

*Miembro Dirección de Seguridad y Justicia

Campañas políticas en pandemia

Urgente hablar de odio

Por: Laura Herrera

Desde hace algunos años venimos percibiendo un ambiente de polarización cada vez más denso por la sobreabundancia comunicativa -muchas de las conversaciones privadas ahora son públicas- y por la democratización de la comunicación -ahora cualquiera puede emitir un mensaje. Según datos del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones son cuatro los principales temas que más nos llevan a enfrentarnos: la política, el fútbol, la religión y la causa animalista.

Frente a los hechos políticos, paradójicamente, el suceso que abrió la puerta a una polarización mucho más intensa en redes sociales fue el proceso de paz y desde entonces la situación se ha venido agudizando. De acuerdo con la Misión de Observación Electoral (MOE), para las elecciones del 2018, el 10% de los mensajes compartidos en redes sociales fueron de intolerancia y el pico de más alto nivel de agresividad fue en la primera vuelta presidencial en la que se registraron más de 1.700.000 mensajes en este sentido. 

Con los últimos hechos políticos se profundizó la grieta. La polarización no para, y los discursos se radicalizan aún más. ¿Deberíamos preocuparnos? Sí y mucho. De la intolerancia al odio hay un par de pasos. El odio se está apoderando del discurso público siendo la raíz de la incitación, la división y un obstáculo cada vez más grande para el progreso de la agenda del país. 

El discurso de odio es cualquier forma de comunicación que sea un ataque o utilice un lenguaje ofensivo o discriminatorio contra una persona o un grupo de personas en razón de su raza, religión, nacionalidad, color, ascendencia, género, orientación política u otro factor de identidad. Lo más grave: el discurso de odio tiene efectos en secuencia: se empieza por la discriminación, violencia contra símbolos, violencia física y llega  incluso al genocidio. ¿Es exagerado? No, no lo es. A mediados del siglo XX Colombia vivió la época de La Violencia como resultado del discurso de odio y sectario que nos llevó a matarnos entre liberales y conservadores. El odio alimentó al Ku Klux Klan y fue el precursor de crímenes atroces como los de la Alemania Nazi, Ruanda, Bosnia y Camboya. 

El Tribunal de Nuremberg condenó a Julius Streicher quién denominó a los judíos como “parásitos, enemigos, malhechores y transmisores de enfermedades que deben ser destruidos en beneficio de la humanidad” incitando a los alemanes a perseguirlos. Streicher negó tener conocimiento  de las ejecuciones masivas de judíos, pero el Tribunal determinó que las incitaciones de Streicher al asesinato eran claramente “persecuciones por razones políticas y raciales en relación con crímenes de guerra”.  Steicher fue sentenciado a muerte.

El discurso de odio no es un juego y no debe, de ninguna manera, ser estrategia de comunicación política. La comunicación tiene un poder transformador que requiere responsabilidad cuando entra en la esfera pública. Hace unos días fuimos testigos del enfrentamiento entre dos HT #DespideAUnMamerto y #NoCompreAEmpresariosUribistas ¿Esto es inofensivo? No, es incitación a la discriminación, de hecho, de forma más frecuente se leen mensajes en los que la gente expresa que no podría ser amigo, pareja o tener relación con alguien con una posición política o idolología diferente y, hace unos días en medio de una caravana que rechazaba la medida de aseguramiento contra Uribe, un ciudadano, motivado por su intolerancia, amenazó al otro con hacer uso de su arma de fuego.

¿Estamos saturados del rifi rafe de la conversación digital? Sí, y es una buena noticia porque quiere decir que sabemos que algo anormal está ocurriendo. Al odio hay que hacerle frente. El silencio es cómplice, es una señal de indiferencia al fanatismo y a la intolerancia. A finales de 2019, la ONU lanzó una estrategia para frenar la nueva oleada de odio que está a la vuelta de la esquina y en ella recomendó tres cosas: i) combatir el discurso de odio con más discursos que le hagan frente; ii) inculcar en la nueva generación digital el rechazo por el discurso de odio; iii) investigar qué es lo que lo genera y; iv) entender que es responsabilidad de todos detenerlo.

Por eso mi deber como profesional de la comunicación política es invitarlos a poner este tema en la agenda pública, a darle la relevancia,a detenerlo. Nuestra historia se escribe sobre el enfrentamiento de bandos, hemos sido incapaces de salir de un círculo vicioso que tiene una gran cuota de responsabilidad en los fracasos que hemos tenido como Estado y como nación. Cuestiónense: ¿Y si la salida es otra? ¿Y si la respuesta es la forma en que nos comunicamos? Tal vez. Se los dejo a su reflexión.

 

 

 

*Directora de Comunicación Política

Campañas políticas en pandemia

Capoteando crisis.

Por: Laura Herrera

La mejor manera de gestionar una crisis es evitándola, pero cuando ya se está inmerso en una hay que clausurarla lo más pronto posible, como dice el profesor Riorda, “salir de la crisis cuanto antes y solo si se puede, salir bien”.

De las crisis casi nunca se sale bien, la mayoría de las veces representan una pérdida de poder en alguna escala: credibilidad, gobernabilidad, confianza, reputación, entre otras. Las crisis tienden a subestimarse. Las entidades públicas y políticos son propensos a la crisis por sus altos niveles de exposición, todo les será revisado y cuestionado; pero aún sabiendo esto los gobiernos, líderes y equipos estratégicos de comunicación no toman las medidas para reducir o prevenir los riesgos que les puede producir una futura crisis. Parece que no se mapean los riesgos o sencillamente se hacen los de la vista gorda.

Varios casos de crisis mal gestionadas hemos visto últimamente. La crisis del ministro Botero fue crónica de una salida anunciada, dejaron escalar y agudizar a tal punto los hechos que no solo produjo con la renuncia de Guillermo Botero con un gran golpe en su reputación graduándolo como el Ministro que permitió el “bombardeo de niños”, sino que además fue el detonante de las protestas del 21 de Noviembre. Las marchas del #21N también fueron regularmente gestionadas, se convirtieron en un descontento de sombra alargada, una amenaza palpitante que de no ser porque se les atravesó una pandemia, en cualquier momento hubieran podido estallar de nuevo.

Otro caso fue el episodio protagonizado por el Alto Consejero para las Comunicaciones, Hassan Nassar, y la periodista Vicky Dávila. Hassan Nassar no logró clausurar la controversia sobre el avión presidencial y la visita a Panaca, por el contrario, intensificó la conversación alrededor del tema, alargó por unos días más la polémica y adicionalmente, a tan solo dos meses de asumir su cargo, puso en duda su propia capacidad como director de comunicaciones de Presidencia de la República. Los incendios no se apagan con gasolina.

Hoy el Fiscal General de la Nación, Francisco Barbosa, se ve envuelto en una polémica por su visita a San Andrés en plena cuarentena obligatoria. La polémica crece a diario al conocerse más detalles de todos los viajes realizados y por las respuestas del funcionario para justificar sus actuaciones.

El objetivo de la comunicación de crisis es producir certidumbre y eliminar lo más pronto posible el disenso que la genera. El plazo es clave ya que las crisis no deberían durar mucho tiempo. Cuando se está es crisis lo menos aconsejable es salir a desmentirla o negarla porque esto solo producirá nuevos encuadres sobre la situación, ataques y pedidos insistentes de explicaciones ante la incertidumbre. Existen salidas para disminuir la crisis: el pedido de disculpas o una explicación, y estas mismas van acompañadas de acciones para reparar la crisis, como por ejemplo las acciones correctivas o las compensaciones, entre otras, pero nunca acudir a esconder las cosas pues tarde o temprano saldrán a la luz con un efecto negativo de mayor complejidad.

El activo que más está en juego en medio de una crisis es la reputación, por eso es importante mirar con qué “colchón” se cuenta para saber cómo afrontarlas, qué mensaje enviar y cuáles serán los aliados que ayudarán a superarla. Hay un elemento fundamental adicional, en la crisis es importante adoptar una posición sobria, no hay lugar para emocionalidades que aumenten la discusión, como por ejemplo la arrogancia.

La crisis que hoy capotea el fiscal de nuevo nos lleva a esos escenarios de malas gestiones en comunicación. A tan solo seis meses de posesionarse en su cargo ya se le tilda de “fiscal de bolsillo”, ya fue la primera tendencia de conversación en redes sociales con una etiqueta en la que la ciudadanía pedía su renuncia y día tras día revelan más información sobre los viajes que ha realizado como funcionario público con daños reputacionales cada vez más difíciles de reparar y aumentando las posibilidades de que la crisis escale otro nivel.

Reconocer que se está en crisis no es fácil, tampoco saber en qué nivel de la crisis nos encontramos, pero siempre mapear riesgo será una tarea mucho más sencilla, un ejercicio de planificación que nos permitirá estar listos para reaccionar ante un escenario de disenso. Por eso, siempre hagamos tres simples preguntas: ¿Por qué hacemos esto? ¿Con qué riesgo? ¿hay otro modo de hacerlo? El mapeo siempre les ahorrará desgastes.

 

 

*Directora de Comunicación Política